
Todo buscador espiritual, si tiene una búsqueda profunda, y por esto debe entenderse que “le duele” encontrar ciertas respuestas, se topa en algún momento con las enseñanzas de George I. Gurdjieff. Nacido en Alexandropol, en 1877, dedicó su vida a encontrar respuestas a las cuestiones más fundamentales del hombre.Las enseñanzas de Gurdjieff son amplias, de no fácil asimilación, y están centradas en las posibilidades ocultas que tiene el ser humano, en su verdadero potencial. Aunque es del todo imposible sintetizar las ideas de G en un corto texto, podemos decir que quien se encuentra con sus escritos nota de inmediato “el sabor de lo real” que se desprende de ellos. En lo esencial, aún cuando esta enseñanza hay que conocerla de primera mano, podemos intentar decir que entre algunos de sus planteamientos se cuentan los que se mencionan a continuación.
En primer lugar –plantea Gurdjieff-, el hombre es un ser que vive en forma automática, como una máquina. Aunque no lo sabe, vive (literalmente) en el sueño, está dormido sin darse la menor cuenta. En segundo lugar, los rasgos que el hombre considera que posee, y que más valora, como la voluntad, el libre albedrío, la conciencia, la unidad de sí mismo y otros, no son reales sino solamente condicionamientos que tenemos desde chicos. En relación a la unidad de sí mismo, por ejemplo, Gurdjieff dice que el hombre tiene múltiples “yoes”, y no un solo “yo” como nos gusta imaginarnos. Dice también que el hombre es la sombra de lo que podría ser; tenemos un destino muy elevado que no conocemos, y que por tanto ni siquiera intentamos alcanzar.
El hombre tiene dos partes fundamentales: esencia y personalidad. La esencia es lo verdadero, lo real, la verdadera naturaleza de cada cual. La personalidad en cambio, es un conjunto de rasgos y mecanismos de defensa que opacan la verdadera esencia, y que se forma a través de la educación, el colegio y la familia. La personalidad no es lo verdadero, sino lo sobrepuesto que enmascara a la esencia. Al llegar a adulto, se puede tomar cierta conciencia de esto, y entonces se debe hacer el camino inverso, volver a despertar la esencia, a través de un trabajo arduo, que requiere energía, tesón y mucha perseverancia.
Uno de sus puntos quizás más polémico es su planteamiento de que el hombre no nace con alma, pero tiene la posibilidad de desarrollarla. Cuando muere, si no ha desarrollado su alma, “vuelve al polvo”, dice él, remedando las palabras bíblicas. Por último, Gurdjieff nos dice que hay una salida para este estado de cosas, a través de lo que él denominó “el Cuarto Camino”.
Las enseñanzas de G constituyen una enseñanza esotérica, entendiendo por esotérico aquello que está oculto; es llegar a descubrir que el hombre tiene potencialidades latentes que ni siquiera imagina. Sin embargo, por alguna razón, quizás precisamente porque “estamos tan dormidos”, es que estas enseñanzas no son para todos. En efecto, varias de sus ideas pueden ser muy chocantes para algunos. Además, quien se interese en ella debe sentir en lo más íntimo de sí mismo que no está complemente satisfecho con su propia vida, lo cual puede resultar un escollo insalvable, toda vez que admitir esto puede poner en jaque toda nuestra autoimagen, con el dolor que esto significa para nuestro ego.
La influencia de Gurdjieff ha sido enorme. Todo aquel que ha intentado hacer un trabajo interior real, intensivo, de transformación y crecimiento, se ha topado en algún momento con sus enseñanzas, las cuales se trasmiten de boca en boca, y a través de un trabajo en grupo, un “trabajo de escuela”. HBC