
No es fácil detectar el rencor, pero si se afina la percepción hay algunos signos que señalan su presencia. Por ejemplo una disposición negativa hacia quien generó el rencor, que puede llevar incluso a boicotear iniciativas de esa persona. O negarse a participar y marginarse de ciertas acciones que propuso esa persona contra la cual hay rencor. O evitar hablar con ella. Durante una conversación, ciertos signos de impaciencia, o los puños crispados, o hablar de forma seca y “dura”. Incluso a la persona rencorosa le puede costar mirar a los ojos a quien le generó el rencor.
Esto se complica más porque a veces el rencor es inconsciente, es decir ni la misma persona sabe que lo tiene. Esto es especialmente crítico cuado es un rencor hacia los padres, que la persona niega, tanto ante los demás como hacia sí misma, porque admitirlo le generaría una gran culpa. Sin embargo el rencor hacia los padres es muy común, y motivo frecuente de consulta al psicólogo. Es típico por ejemplo en adolescentes que son oposicionistas, negativos, desmotivados frente a todo. En estos casos la causa suele ser un rencor inconciente hacia alguno de los padres o hacia ambos. Pero también muchos adultos mantienen rencores contra sus padres, que les han durado años de años.
Si frente a la injuria o daño la persona puede defenderse, expresar su rabia, o pelear, jamás se genera rencor. El rencor aparece cuando la rabia no se pudo expresar o solamente se expresó a medias. Por esto las personas asertivas –aquellas que saben expresar lo que sienten- muy rara vez tienen rencor. Tal como decíamos, el rencor es rabia reprimida, ira u odio no expresado. Desde luego, el rencor es siempre contra las personas, no contra cosas o situaciones; en ese caso se trataría más bien de frustraciones. Tarde o temprano el rencor produce daño a quien lo sufre. Es curioso que la etimología del término nos confirma esto.
En efecto, rencor viene de una palabra latina que es “rancer”, que a su vez viene de “rancio”. Y algo rancio es algo que huele mal, algo descompuesto, “porque no se usó cuando correspondía”. En este sentido el lenguaje es increíblemente claro al mostrarnos que el rencoroso es una persona “rancia”, cuyo odio la tiene descompuesta. Y esto es así puesto que tarde o temprano la rabia intensa y el odio paralizan. Tal como suena: paralizan. A veces a través de una rumiación increíble de pensamientos que puede durar horas en las cuales el rencoroso no hace nada más que deleitarse en su odio e ideas de venganza, o bien a veces a través de una depresión severa. Por lo demás un sinónimo de rencor es resentimiento, y si nuevamente interrogamos la etimología de esta palabra, nos encontramos que esta palabra viene de “resentirse”, que es “tener sentimiento, pesar o enojo por algo”. Pero también significa flaquear, debilitarse, como cuando alguien queda “resentido” por un golpe. De modo que estar “resentido” es estar débil; nuevamente entonces, la rabia no expresada –es decir el rencor o resentimiento- nos muestra que al fin de cuentas este sentimiento produce debilidad o daño.
El rencor necesariamente debe superarse. Su superación permite que aflore la creatividad, la capacidad de hacer cosas y no paralizarse. Hay varias formas, pero lo primero es darse cuenta de que existe. Luego la principal y natural manera de superarlo es expresar el enojo a la persona que lo generó. Otra forma es aprender a perdonar. O también aceptar el daño, porque todos alguna vez hemos sido dañados, pero no podemos odiar por siempre. HBC